Mi Pequeña Pequeñísima por Verónica Pineda Duarte

Soy madre de una niña que nació prematura extrema. Así se llama a esos niños que nacen en el límite de la supervivencia. En nuestro caso, a las 25 semanas con 760 gramos. Estuvo tres meses en el hospital, 93 días hasta poder llevarla a casa.

Los temores, los recuerdos y sensaciones cambian con cada año que pasa. Las preocupaciones cambian y ya no piensas en si va a poder hablar y caminar sino en que no le salgan caries y que se aprenda bien el abecedario. Sin embargo, cuando leo lo que escribía cuando todo estaba más reciente, me transporta al pasado en un instante, un pasado que es presente para muchas madres hoy, y a ellas y a sus guerreros quiero enviarles un fuerte abrazo.

“Ya hace casi dos años que mi pequeña vino al mundo. El tiempo ha pasado rápido, todos lo sabemos, y lo esperábamos, ya todo el mundo te lo dice cuando te conviertes en padre.
Hoy, es el Día internacional del Prematuro y quiero aprovechar para dejar salir algunos sentimientos que han venido a mi cabeza y corazón en los últimos meses.

Todo el mundo me felicita porque fui muy valiente cuando mi hija nació, y hoy quiero contarles un poco de lo que pasaba por mi mente en ese momento y lo que sigue pasando ahora.

Cuando vi a hija por primera vez, ni sabía qué hacer. Todo es tan brusco, tan rudo, que cuesta asimilar que esa cosa tan pequeñita y llena de tubos haya sido lo mismo que te pateaba desde adentro el día anterior, hasta que de repente ves como mueve su piernita diminuta en un movimiento brusco y descontrolado y reconoces esa patada, casi puedes sentirla dentro de ti.

Cuando un prematuro nace, no hay pecho de mamá, no hay teta, ni felicitaciones, nada. Solo incertidumbre y miedo.

No me sentí madre instantáneamente, ese sentimiento llegó poco a poco, al alegrarme por verla lograr cosas como ensuciar un pañal sin necesidad de intervención médica, al verla abrir los ojos poco a poco, al verla llorar (sin ruido, por los tubos) porque le pinchaban una vena una y otra vez para sacar una muestra de sangre a gotas.. ahí comenzó a despertar ese amor inmenso y protector en mi.

Recuerdo la primera noche que pasé en casa, luego de mi alta. Su padre y yo buscamos apoyo el uno en el otro, y acordamos que teníamos que estar tranquilos y conscientes de que cualquier cosa podía pasar, que teníamos que estar preparados.

Pero la verdad es que cada hora nos enamorábamos más, cada minuto esa diminuta increíble -que aun ni se parecía a ninguno de los dos- nos hacía más felices, a pesar de la situación en la que estábamos. Ya nada era igual, ya todo lo demás había perdido sentido. Una semana pasó y ya no había otra realidad que aceptáramos que no fuera a su lado, no dimos opción, ella iba a estar bien, no podía ser de otra forma.

Y ahora lo pienso, y no entiendo cómo llegamos a ese punto, tal vez porque confiamos demasiado en ella, porque somos unos optimistas, no lo sé. Lo cierto es que las enfermeras se quedaban mudas cuando yo les decía que al salir del hospital iba a pasar a comprar una manta o una ropita para cuando se fuera a casa, porque para ellas mi hija era un caso muy grave en unos cuidados intensivos, pero para mi ella solo estaba “madurándose” un poco más para ir a casa.

Tuvimos mucha ¿suerte? No sé si es una cuestión de suerte, no quiero quitarle méritos a los increíbles profesionales que cuidaron de ella, ni a mi luchadora. No tuvo muchas complicaciones (aunque nacer con 25 semanas ya es suficiente) la más graves fueron una pequeña hemorragia en la cabeza (en lo cual trataba de no pensar en el momento) y la infección en los intestinos. Y no sé si fue porque coincidió con el comienzo del contacto piel con piel con nosotros, pero mejoró rápido, luchó como una leona y superó la infección, y hasta se sacó el tubo del respirador que habían vuelto a ponerle luego de haberlo superado. Fue su mayor momento ¡Pa’lante como el elefante!
¿Cómo no sentarse a su lado a darle la mano? pasé todas las mañanas de esos largos tres meses sentada a su lado, cuidando su sueño, mirando números y líneas en los monitores, asustándome con alarmas y palabras como ductus, apneas, CPAP, enterocolitis necrotizante, retinopatía.. en aquel entonces raras. Desayunando cualquier cosa en el autobús, desesperada por llegar. Durmiéndome rápido y cansada, con la ilusión de que al día siguiente las cosas estarían mejor y ella estaría “más grande”.

Como cambiaron las cosas cuando llegó el momento de tenerla en brazos, de olerla y sentir su calor. Cuando por fin podía calmarla, sacarla de su caja de cristal y acunarla. Podía pasar todo el tiempo que quisiese a su lado. Se me parte el corazón cuando veo que en algunos hospitales los padres sean tratados como visitas y se les restringen los horarios, esto no tiene sentido.. porque sí, cuando no estamos a su lado estamos enviando nuestras energías a cada instante, pero para nadie es un secreto que el contacto es vital. Pude ver como a mi hija le bajaban el oxígeno a pocos minutos de yo haber llegado, porque respiraba mejor.

Ella vino a casa, lo logró. Ya han pasado casi dos años del comienzo de esta historia y las cicatrices están ahí, las de mi pequeña cerradas, pequeños puntos por todo su cuerpo que dejaron los cables y agujas, que un día le salvaron la vida, pero que también le hicieron llorar y que sin duda le habrán dejado alguna marca que intentamos sanar con amor cada día, pero las mías, invisibles, aun no se cierran.

Y no, no vivo con traumas o fantasmas, soy feliz. Pero es ahora cuando a veces no puedo evitar llorar al recordar cuando le sacaban sangre de las venas diminutas, o cuando la “torturaban” haciéndole una vía desde la pierna hasta el corazón. Es ahora cuando lloro al pensar que pudimos haberla perdido, de lo difícil que sería para mi pequeña pasar horas sola, con cables por todo el cuerpo y tubos en la boca y la nariz, sin el calor y los ruidos de mamá.

Ahora que el peligro pasó no puedo evitar pensar en lo diferente que pudo ser la historia.

Un recién nacido ya es algo tan delicado. Un gran prematuro tiene la piel aun transparente, súper frágil, solo imaginen que tengan que pegarle tubos a la cara y el cuerpo con una cinta adhesiva, con sus respectivos cambios de lugar y la necesidad de renovarlas cada par de días, con depilación involuntaria incluida, lo que les produce dolor, llantos y estrés.

Este es el comienzo de la vida para los prematuros. Es duro, muy duro, por eso hoy los adoro, los miro con amor infinito, porque sus ganas de vivir son enormes, porque un día casi no les cupo la fuerza en sus cuerpos de un kilo o menos.
Por eso hoy mi hija tiene mi admiración total. Su cara seria y determinada mientras juega. No hay nada que ella no intente, pasa el día probando sus límites, no importa lo que tenga que vencer. Y sí, me quiere a su lado, busca mi apoyo y mi mano siempre, tal vez más de lo común, y lo que más deseo ahora es que pueda encontrarla siempre que quiera, hasta que esté lista.

Este año, al igual que el pasado, quiero recordar a los pequeños que ya no están, este año en mi memoria hay uno más. Estoy segura de que a pesar del dolor, la vida de quienes los amaron cambió, y que ahora los recuerdan con amor eterno y valorarán cada día que pudieron estar a su lado.

Mi pequeña que un día fue pequeñísima, mi maravillosa: te amo. ¡GRACIAS!”


Verónica Pineda Duarte es venezolana viviendo en Porto, madre de la maravillosa Miranda. Ella tiene su propio blog donde fue originalmente publicado este artículo www.namastebebes.com  y actualmente la puedes encontrar en Mami.Viajera Instragram. Gracias por compartir vuestra historia de amor, fuerza y esperanza.

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